“El hijo del tallador de máscaras”: La historia de un japonés que rompe con la tradición familiar para construir su propia historia en el arte
26.02.2026 / 16:58
La escritora estadounidense Alyson Richman, en su novela histórica "El hijo del tallador de máscaras", ambientada en los años previos a la Primera Guerra Mundial, entrelaza la cultura europea y japonesa a través de la historia de Yamamoto Kiyoki, quien rompe la tradición familiar para perseguir su sueño de convertirse en pintor.
Imagina que, para perseguir tus sueños, tienes que vender la historia de tus antepasados, sus reliquias y recuerdos. No es algo tan lejano; más bien, es un fenómeno que ocurre a diario, cuando muchas personas deciden migrar de su tierra natal ante crisis políticas y económicas.
Pero, en este caso, viajemos en el tiempo y de continente: remontémonos a una época de imperios, donde el teatro es una expresión de cultura y orgullo, y donde las máscaras forman parte de la escena artística y son símbolo de estatus dentro de las castas.
A temprana edad descubre que no quiere seguir los pasos de su padre, quien, tras la pérdida de su esposa, permanece encerrado en su taller, encontrando en la madera y el tallado su única razón para seguir viviendo. Es un hombre de silencios, y los escasos momentos que comparte con Kiyoki se limitan a enseñarle su oficio. Su vínculo no es paternal, sino de maestro y alumno, algo que el niño comprende desde pequeño sin rebeldía, hasta que llega el momento en que decide forjar su propio camino. Así, rompe con la tradición y opta por estudiar pintura en una academia de artes en Kioto, gracias a una beca.
Cuando pierde a su padre siendo aún joven, resulta comprensible que el personaje conserve cierta vitalidad y ganas de cambiar el mundo, en este caso, a través de su anhelo de convertirse en artista. Al no contar con los recursos ni tener a quién rendir cuentas, apuesta todo y decide emprender su viaje a Europa, específicamente a Francia.
El éxito que alcanzó su obra en la ciudad de la luz no tuvo el mismo eco en su patria. Bien le hace justicia el dicho de que “nadie es profeta en su propia tierra”: su apuesta fue rechazada y duramente criticada. Sin embargo, algo que valoro profundamente de este protagonista es que, pese a todo, su espíritu permanece inquebrantable y no pierde su autenticidad, aun cuando su arte, en su época, no fue comprendido.
Pero tanto en la vida como en la literatura, los seres humanos somos imperfectos. Como lectora, el principal nudo y dilema ético que me genera Kiyoki es su egoísmo y su desapego por su historia y sus antepasados. La primera vez que vendió sus objetos era joven y tenía un propósito; la segunda, en cambio, fue por mera vanidad y egocentrismo. ¿Estamos dispuestos a abandonar nuestros objetos más preciados y recuerdos para convertirlos en mercancía?
Finalmente, Kiyoki termina siendo el reflejo de su padre, diferenciados solo por la disciplina: uno entregado al arte del tallado y el otro recluido bajo cuatro paredes, donde su única compañía era el óleo y el lienzo.